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El desgaste emocional ante COVID-19

Por: Isabel Conde Del Moral / Colaboradora de COSACO PR

Isabel Conde Del Moral es estudiante de medicina de tercer año en el Recinto de Ciencias Médicas de la UPR. (Suministrada / COSACO PR)

A más de seis meses del primer caso confirmado de COVID-19 en Puerto Rico, indudablemente cada uno de nosotros se ha sentido estresado, agobiado y/o desesperado por la situación actual que estamos viviendo. Las emergencias de salud pública son un foco de estresores que contribuyen al desgaste emocional y al desarrollo o exacerbación de condiciones psiquiátricas.

Ciertos grupos de personas son más vulnerables incluyendo a los infectados por el virus, especialmente si son personas de edad avanzada o con un sistema inmune comprometido, y personas con condiciones médicas, psiquiátricas o de abuso de sustancias. Otro grupo en riesgo son los profesionales de la salud dada su exposición al virus, el aumento en horas de trabajo, la falta de equipo de protección personal y la preocupación constante de infectar a sus seres queridos y a otras personas. Un estudio reciente sobre las consecuencias psicológicas en diversos grupos de personas en cuarentena reveló la presencia de estrés, depresión, insomnio, irritabilidad y frustración, entre otros.

Se identificaron varios estresores específicos para el desarrollo de estas respuestas incluyendo una mayor duración en cuarentena, la falta de suministros, la falta de información, dificultad en recibir trato médico o medicamentos y tener pérdidas financieras. A lo largo de estos meses, la mayoría de las personas en nuestro país ha experimentado alguno de estos factores y es por esto que hay que crear y mantener el diálogo sobre la salud mental.

Esta crisis ha afectado la evaluación de necesidades psicosociales mediante encuentros directos con pacientes en las clínicas. Estos servicios están siendo ofrecidos, en su mayoría, mediante telemedicina. Sin importar el medio, los profesionales de la salud deben evaluar estresores como el distanciamiento físico, la exposición a personas infectadas, miembros de la familia infectados, pérdidas de seres queridos, pérdidas económicas, aumento en abuso de sustancias, violencia doméstica, síntomas de depresión y ansiedad, insomnio e ideas suicidas.


Algunos síntomas de depresión son: tristeza, pérdida de concentración, falta de apetito, falta de energía, cambios en peso, cambios en el patrón de sueño, pérdida de interés en actividades de disfrute personal, sentimientos de culpa o inutilidad, exceso o disminución en actividad motora y pensamientos suicidas. La ansiedad puede manifestarse como una preocupación constante sobre diferentes aspectos del diario vivir y podría estar acompañada de síntomas físicos como tensión muscular, falta de concentración, fatiga, disturbios de sueño, irritabilidad e inquietud. Por otra parte, los ataques de pánico podrían presentarse como episodios recurrentes de palpitaciones, dolor abdominal, náuseas, falta de aire, dolor de pecho, sudoración y/o escalofríos.

Algunos pacientes se podrían beneficiar de intervenciones dirigidas a mejorar sus estrategias de afrontamiento y el manejo de estrés, mientras que otros podrían requerir evaluaciones más formales de su estatus mental. Es importante que haya un enlace disponible con los servicios de salud mental y que se promueva la búsqueda de ayuda profesional cuando se necesite. Varios ejemplos de intervenciones que se pueden hacer desde el hogar son: establecer y mantener una rutina, realizar actividades estructuradas, estar conscientes de reacciones propias ante el estrés, limitar la exposición a contenido digital sobre la pandemia, mantener un diálogo abierto con los niños y escuchar y atender sus preocupaciones.

*Síntesis de: Pfefferbaum, B., & North, C. S. (2020). Mental Health and the Covid-19 Pandemic. New England Journal of Medicine, 383(6), 510-512. doi:10.1056/nejmp2008017